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ABRAZADA A TI

(cuento)
Dormí abrazada a ti aquella noche. Tus manos acariciaban con insistencia mi espalda para darme calor. El frío viento del norte nos azuzaba con su tridente punzante, penetrando en nuestras carnes a la vez que percibíamos su sonrisa burlona en cada una de las ráfagas gélidas que menguaban nuestras fuerzas. El camino había sido largo, demasiado largo; llevar a cuestas un pasado era peor que cargar con nuestras pocas pertenencias, las cuales ni siquiera habrían de acompañarnos hasta el final del viaje.

Quiero recordar si lloré en ese momento al ver ante mí el inmenso desierto que se erguía como un gigante malévolo, pero creo que los recuerdos de esa noche aún no son nítidos del todo. Tenía miedo, eso sí no lo puedo olvidar. El terror que me invadía me hacía temblar aún más que la escarcha que comenzó a caer suavemente sobre nosotros cuando la noche fue tornándose más oscura.

Habíamos encendido una fogata con las pocas ramitas secas que aún guardábamos, mas no nos duró lo suficiente para mantener nuestra temperatura corporal ni la de nuestros compañeros de viaje. Mis ojos se cerraban y tú luchabas porque eso no sucediera.

-¿Ves aquellas estrellas que están juntas en lo más alto del cielo?-dijiste, en un esfuerzo por entablar una conversación con tal de mantenernos despiertos.

- ¿Cuáles estrellas? –respondí, mientras intentaba ubicar con la vista lo que señalabas.
- Esas, las que parecen dos ojos que nos miran y parpadean. ¿Ya las viste?
- Sí, ya las veo.
- En mi pueblo la gente dice esas dos estrellas son los ojos de Dios que siempre nos observan.
- No me gusta que nadie me vigile –espeté de inmediato.
- ¡Qué cosas se te ocurren mujer! Él nos observa y estoy seguro que no nos dejará morir en este desierto tan lejos de nuestra tierra.
- Ya no me importa morir, Braulio. Sólo quiero que muramos juntos para que volvamos a encontrarnos con nuestro bebé. ¿Te imaginas qué solo y abandonado se debe sentir sin su mamá? Y ese tu Dios y todas esas creencias absurdas no son más que pura invención de las viejas santurronas de tu pueblo y de los curas que nunca sabrán lo que es ver morir a un hijo, porque si en verdad existiera un Dios justo y fisgón como “él”, nunca hubiera muerto nuestro bebé.

Sólo hasta ese momento recuerdo haber comenzado a llorar por todo lo que nos dolía a ambos. La pobreza endurece y la muerte te convierte en un hereje consumado. Tú no lloraste, nunca te vi hacerlo, pero yo lo hice por ti. Habíamos decidido dejar nuestra tierra, nuestro pueblo natal, para ir a probar suerte “al otro lado” y ganar muchos dólares que nos hicieran pintar de verde un pasado negro y doloroso que nos minaba el alma poco a poco: nuestro bebé había muerto por una infección desconocida después de aquella inundación que nos hizo perder todo nuestro patrimonio.

La tarde que sepultamos a nuestro pequeño me tomaste de la mano y dijiste:

-Me voy al otro lado, chaparrita. –tu voz sonaba grave, convincente.
- Voy contigo, aquí ya no tengo a nadie ni nada por lo que valga la pena quedarse. –fue lo único que respondí y no pudiste persuadirme de lo contrario, porque ambos sabíamos que decía la verdad.

El día que decidimos emprender el viaje a California ya habíamos perdido la fe, y con ella, lo único que un día habíamos poseído. Había sido un verdadero vía crucis, para cada una de las quince personas que formaban nuestro grupo, atravesar casi todo el país guiados por un “coyote” a quien le habíamos entregado más de diez mil pesos y con ellos todas nuestras ilusiones, para que, al final, éste nos abandonara y nos encontráramos ante un enorme desierto sin vida, sin esperanzas… Un lugar donde sólo podían subsistir nuestros recuerdos y nuestras lágrimas.

-No llores, chaparrita. ¡Vas a ver que en cuanto crucemos la frontera se te va a olvidar la tristeza!
- Tengo mucho frío… ¿Braulio, así se siente un moribundo cuando lo ronda la Muerte?.
- ¡No hables así, ni pienses tonterías! –me recriminaste, algo asustado- Tú no te vas a morir, ni yo, ni nadie. Sólo aguanta hasta que amanezca… ya verás que mañana todo será diferente.

Tu voz expresando tanta seguridad casi me logra convencer. Quería aferrarme a esa idea, quería que se convirtiera en realidad y que el amanecer nos diera una, sólo una esperanza. Pero el sol del nuevo día fue igual que el anterior: despiadado, salvaje, sofocante…

El sol de mediodía lastimaba a todos los que, al igual que nosotros dos, caminaban en una sola fila tratando de no hablar y de no pensar para ahorrar todas las fuerzas que se necesitarían para cruzar a nado el río. La temperatura superaba los cuarenta grados y, el mismo lugar que por las noches nos hacía tiritar incontrolablemente, durante el día era un infierno en toda la extensión de la palabra…

Un desconocido había decidido ir a la cabeza y los demás íbamos tras él. En algún momento de la tarde cayó el primero de nosotros bajo los rayos del sol inclemente. die lo auxilió, nadie hubiera podido hacerlo. En momentos como ese, el instinto de conservación nos vuelve terriblemente egoístas.

Continuamos caminando el resto de la tarde en silencio, cabizbajos, mientras que, a la distancia, sea cual fuere el punto cardinal al que miráramos, únicamente percibíamos nuestras sombras y las de nuestros compañeros moviéndose hacia un destino incierto.

El siguiente en caer fuiste tú. Te desplomaste, te derrumbaste sobre la arena caliente y quise levantarte, intenté ponerte de pie; supliqué, lloré para que no te dejaras vencer… grité que te amaba, que no podías dejarme sola. Lloraba a gritos, porque las lágrimas ya no existían en mi interior. Los demás quisieron apartarme de ti para que, al menos, uno de los dos pudiera continuar hasta el final. Mas todos sus esfuerzos fueron inútiles. Había decidido morir contigo.

Jamás he vuelto a experimentar esa escalofriante sensación de soledad y desamparo. Con el corazón desgarrado vi alejarse a nuestros compañeros de viaje hasta que desaparecieron tras las dunas de arena; sabía que detrás de ellas ya no existía un futuro para nosotros.

Acaricié tu frente, besé tus cabellos húmedos por el sudor que los empapaba y entonces recuerdo que maldije. ¡Sí! ¡Maldije mi suerte, maldije a Dios y a todo lo que pudiera existir en el cielo! Te tomé entre mis brazos, te acuné en ellos tal como lo hice con nuestro bebé y te expresé estas palabras que nacieron desde lo más hondo de mi alma:

- Te amo, Braulio. Te amo más que a mí misma y, si existiera en mí algo de fe, desearía creer que voy a verte pronto en esta vida o en la otra, si es que hay algo después de ésta…

Entonces los vi… Eran varios. Aún pienso que fueron ángeles enviados para auxiliarnos. Vi sólo las siluetas difusas que caminaban hacia nosotros. Eran cuatro. No sabía si alucinaba o si aquellas imágenes eran reales. Caminaban hacia nosotros, quise gritarles, intenté mover los labios pero éstos no me respondían. Precisamente cuando mi cuerpo cayó laxo junto al tuyo, sentí que alguien me tomó en brazos y en seguida las sombras me cubrieron.

Desperté dos días después, tú estabas a mi lado, sonriente. Miré alrededor y noté que nos encontrábamos en una especie de clínica o albergue rural. Extendí mis manos hacia ti y las tomaste entre las tuyas. ¡Eras real, estabas vivo, ambos estábamos vivos! Creo que fue hasta ese instante cuando pude sonreír levemente agradeciéndole al cielo y a lo que fuera que hubiese en él, la oportunidad de poder continuar juntos pese a todos nuestros infortunios.

- Tuvimos suerte, chaparrita. Esos médicos misioneros nos encontraron cuando estábamos a punto de morir de hambre y deshidratación. Dicen que siempre acostumbran hacer rondas de este tipo por ciertas zonas del desierto para auxiliar a los inmigrantes ilegales como nosotros. –Hiciste una pausa y acariciaste mis cabellos con esa ternura que siempre me has demostrado.

En ese momento abrí mi boca para decirte:

- Braulio, quiero volver a casa.
- Yo también. –me respondiste.
- Dios existe, ¿verdad? –balbuceé aún con dificultad.
- Sí, y el cielo, los ángeles y también los milagros…

Esa noche en el albergue volví a dormir abrazada a ti. No lloraba, aún sentía tristeza en mi corazón lastimado pero sabía que estabas conmigo y que había una esperanza para ambos. El viento frío del norte aullaba en el exterior de aquel edificio sencillo y austero, pero dentro tú y yo sabíamos que alguien nos observaba desde el cielo y ese “Alguien” era el mismo ser que nos devolvió la vida, ese “Alguien” no podia ser otro más que Dios mirándonos desde arriba. Esa noche supe que habíamos recuperado la fe y con ello, lo único valioso que decidimos conservar para siempre…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

cuando conocemos a Dios, todas aquellas historias fantasticas de la biblia se vuelven una realidad latente en nuestros corazones y la narracion de nuestra vida deja de ser un cuento, para convertirse en un canto de esperanza para los demas. exelente testimonio de vida en medio del decierto.

Ana dijo...

definitivamente....a quienes conocemos a Dios sabemos que tiene t0odo el poder para hacer cosas imposibles... comunmente llamadas milagr0os...:)